Si bien lo es en muchos, el asunto que nos ocupa, la educación, es un problema en al menos dos sentidos. De una parte, en su forma adjetiva, la educación es un problema de alguien, de algo. La política ha de reconocer lo problemático de la educación en tanto punto de encuentro de visones dispares de bienestar, obligaciones y derechos; la economía ha de encontrar importante problematizar el cómo atender a la educación en términos de gestión de recursos, físicos, económicos, humanos; las ciencias sociales habrán de mirar a la educación con las sospechas que les son propias y formulando las preguntas que le son más sensibles: ¿Mantener o no las formas actuales de estructura de los sistemas educativos? ¿Continuar con o redefinir los fines de la educación? ¿Usar la educación como f in o como medio para la construcción de ciudadanía? Estas preguntas, aquellas de las políticas, economía y ciencias educativas, entre múltiples otras, son preguntas que se atienden desde fuera de la educación, tornándola en el punto de mira y en eso que tantas veces ha definido como un “campo de combate”. De otra parte, ahora en un sentido sustantivo, la educación es un problema, en sí misma si se quiere, porque es un asunto concreto que atender. ¿Qué significa educar?, ¿quiénes deben hacerlo?, ¿para qué debe hacerse?, ¿cómo ha de llevarse a cabo?, ¿qué sentido tiene como parte de la vida de las personas que, inmersas en su dinámica, participan de una forma u otra de eso a lo que llamamos “una educación”?, y ¿cuándo tomamos mayores riesgos para “la educación”? Estas preguntas, las de la educación en clave sustantiva, son preguntas que se formulan y discuten desde el interior de la educación, asumiendo las dinámicas, las instituciones y los agentes en que esta se hace viva como parte de una tarea reflexiva de continua autoconstrucción. Pero, resulta posible definir ¿qué son el interior y el exterior de la educación? Pueden en realidad decirse, no solo con claridad y distinción, sino en absoluto, ¿cuál es su adentro y cuál su afuera? Y si en primera instancia una referencia directa a lo afirmado en los dos párrafos anteriores pareciera indicar al menos una ruta para la definición de esas fronteras topológicas del espacio educativo, sería, es, necesario detenerse un momento y señalar los límites de una acotación tal, interior y exterior, antes de emitir un juicio definitivo. El libro que tiene ahora entre sus manos es, si bien no un intento expreso por resolver la mencionada dualidad, sí una herramienta que permitirá al lector redimensionar sus propias preguntas y perspectivas acerca de una posible dicotómica del campo educativo, a la luz de lo que las autoras y autores presentan como resultado de sus reflexiones y ejercicios en cuanto docentes practicantes y pensadores que reflexionan sobre sus propias prácticas. Porque como sabemos y como manera destacada nos presentan quienes habitan estas páginas, la educación una práctica contextualizada, un ideario, una forma de intervención, un conjunto de actores operando incluso a pesar de sí mismos en pro de objetivos, a veces tácitos, a veces explícitos, definidos para ellos, ocasionalmente por ellos, tanto desde las fronteras externas como desde las internas de sus disciplinas y de sus quehaceres. Atender de manera reflexiva la tarea de educar bien podría sugerirse como la estrategia obligatoria para asumir el compromiso de participar en la formación de cada nuevo grupo de estudiantes que son puestos a nuestro cuidado. Educar es también cuidar. Cada nueva lectura crítica del contexto educativo, cada nueva aproximación teórica a los fenómenos que configuran las diversas dimensiones que convergen en el marco educacional, cada nueva propuesta de lectura y relectura del material con que se construyen los diálogos que en aulas y espacios extracurriculares, cada nuevo individuo que se siente impelido a participar de las discusiones, clásicas y contemporáneos sobre la educación, deberían ser bienvenidos, acogidos, debatidos y confrontados sea cual sea su proveniencia, su sustrato, incluso su intención. Así, acoger a cada uno de los textos recogidos en el presente volumen en su valor particular y como parte de un ejercicio de reflexión y construcción colectiva, es la invitación que tengo para ofrecer. Tiene frente a usted una oportunidad que espero pueda aprovechar, una convocatoria a un diálogo del que seguramente querrá participar. Cada capítulo aquí entregado es un puente que se tiende entre el adentro y el afuera, pero no de lo que la educación es y de lo que pueda no ser, sino entre cada autora, cada autor y usted. La distancia que hay que flanquear no es una distancia ajena, sino una distancia que de forma íntima apela a las formas en que educamos y las razones por las cuales nunca podemos dejarnos de educar. Dr. Edgar Gustavo Eslava Castañeda Puebla (México), junio 2024